SE ESTÁ BIEN EN LA SOLANA...

 

24 de abril de 2006

 

Se está bien en la solana, los ruidos suenan diáfanos como en verano, y aunque parezca recurrido oigo el pitido del tren como en una retórica un poco cursi, como yo misma en algunas de mis facetas talladas con páginas de no sé qué novelón, pero es que oigo también los camiones y los coches que circulan a todo trapo por la N-120 (la finca está dividida casi por la mitad por la carretera, que nos llevará a Castilla en una dirección y al interior de Galicia en otro sentido); oigo además los pájaros, el agua, a alguien vociferar, a los perros (unos propios y otros ajenos); oigo lo que me es posible.

Estoy habituada, y no me es extraño este mezclijo de ingredientes. La vida es así. Pero en cierta manera, este espacio cojo de tiempo, es una metáfora redonda que se descompone en poliedros infinitos e imposibles del anacronismo o más bien de la atemporalidad.

 La mayoría de las cosas que me rodean, toco y me rozan, me hablan de una historia de usos ya idos. Hay en esto otra idea más de ser en sí mismos, dada también por su propia naturaleza objetual. Sin ir más lejos:

 

- La llave: herrumbrosa, maciza, torneada, en su signo está recogida su forma, lo que fue, lo que dejó de ser y lo que pudiera ser en su resolución. Lo que es en su ranciedad y en su plena y presente actualidad. Su posibilidad se mete por el ojo de una cerradura, enhebra aquí y allá los espacios y va dibujando ideogramas y otros entramados. En su extremo: el laberinto, que abre el mecanismo, descerraja portales, muestra expectativas, nos da puntos y pasamos fase. Hay otros paisajes, otras concepciones (...) resabios literarios, cinéticos, a veces hasta el empalague, me da cargazón ya sólo contarlo. Y como objeto utilitas carecería de los preceptos que le harían tener sentido, en este caso, su funcionalidad. El uso ordinario de cerrar o abrir alguna cerradura mecánica de resortes metálicos. Esta llave en la que aquí reparo, está colgada en la pared, por estar en algún sitio, junto con otras en parecidas condiciones, nunca iguales, la condición viene dada por tantas circunstancias, una pérdida en el abismo de calcular probabilidades. Está la llave con su postureo clave de otros mecanismos tan variados en su concepción, que pueden ser de hierro, de carne, de aire, de todo. De todo lo que la hace y nos hace materia de la imaginación, materia de la sangre, cuántica conjunción de lo mínimo, cosmogonía de lo inabarcable. En su estilización, signo gráfico, parece siempre encerrar o abrir una pregunta o una respuesta, cierra o abre su interrogativo trazo.

 

 - Están también cerca de mí las columnas que sujetan el alero de la solana, son cuatro, dos a dos de la misma piedra; las unas son de granito más tosco, las otras más blanco y pulido, el fuste de una de ellas es casi de una misma pieza de piedra. Me cuentan algo que huele a corruptela clásica, no llega a corrupto en su quiero y no puedo, y no me lo creo o me lo creo a duras penas. Quisieran evocar un clasicismo que se pierde en su viciada manera de pretender demostrar algo de lo que no están convencidas; les interesó siempre más otra cosa distinta a un canon puro o reminiscente, no sé qué es eso que las distrae y las desvía.

 

 - A mi espalda, una ventana que se asoma al interior de la casa. Si miro hacia adentro, me pierdo/e con un placer que tiene algo de voluptuoso, el que se da a entender en la trampa de la seducción, un ejercicio arquitectónico depurado en la grafía de un espacio, concepto de laberinto, espacios que se comunican a la vez que son independientes, y no nos lleva a un estar vagando en una perdición angustiosa, tediosa…, sino a un lugar de luces, de aperturas, de esquinas y de sombras. Me ofrece esta ventana un sitio, un tiempo, que no cesa de entrar y salir por las puertas, que baja escaleras y las sube, que comunica una estructura encerrada en sí de caracola, un tiempo que no deja de ser el mismo en todo momento y es otro en cada instante, en su ir y venir se transforma y me transforma.

 

 - Al otro lado de la casa (no se ve desde donde estoy ahora en la solana), hay varios edificios, algunos todavía en construcción, en mi pueblo por altos, que no lo son tanto, siete u ocho pisos, les llamamos torres. Y en base a esta personal y aleatoria composición de lugar, me sitúo ahora mismo en la neuralgia de la atemporalidad, que me procura la libertad de interpretar lo dado en una variedad infinita de conjunciones, seguramente nada cartesiana, pero me apropio del chasis de ese cruce de conceptos como bastidor inapreciable, como esqueleto, para estirar sobre él las fibras que todo lo recorren, las de mi espina dorsal también, con las que tejo un entramado de realidad.

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