En la habitación roja (La habitación de las cortinas)

 

 Cuando comienzan las visitas en primavera, me cuesta vencer la timidez, me acerco a los visitantes con cortedad, estoy sugestionada por un invierno eterno, helado, paralizante. La casa ha estado durante muchos meses como una enorme bestia aletargada, con otro ritmo respiratorio, su aliento ha sido húmedo, lento, muy profundo, se ha dedicado en el invierno a cerrarse sobre sí misma y sobre los que la habitamos, me viene a la cabeza el uroboros. Me he sentido prisionera, y sé que he pasado días en una misma habitación concentrada en una tarea, que razonándolo ya fuera de ese su espacio, cuasi intestinal, no era tan urgente ni tan necesaria. Estuve durante semanas tapando grietas en las paredes del cuarto rojo (su pintura es roja y blanca, sin gran esfuerzo esto es fácilmente deducible, aun considerando mi enrevesamiento sintáctico, pero por adicción redundo), allí permanecí "enfrascada" como un animalito en su cápsula de líquido nutricional, en una acuosidad de espejo, volcada sobre las grietas, a veces doblada sobre mi cuerpo, en la representación de fisicidad interior, abismada de mí misma o en mí misma, en la negrura de las hendiduras, que procuré tapar con AGUAPLAX. Mi gesto gráfico generaba día tras día contracturas en lo físico y nudos recalcitrantes en mi interior.

Mis maneras, mientras duró este más o menos mi engatusamiento, fueron delicadas hacia lo ajeno, rellenando a mano, con los dedos, las grietas, no se presta la casa al uso de la paleta, ni siquiera consiente la espátula, exige la delicadeza de la carne, y he repetido, a lo largo de un tiempo que no sabría calcular, gestos de caricia cosmética a unas paredes que se supone no deberían sentir ni parecer. Estuve retenida y ajena a estas consideraciones y a cualesquiera otras. El dormitorio simula con pinturas estar cubierto en sus cuatro lados por un cortinón que lo cubre enteramente, la tela que no es otra cosa que pintura a rayas, como ya dije más arriba, tiene una geometría burlona de efecto óptico; hay en ello una frivolidad tan extremada que a simple vista podría resultar chabacana, pero paradójicamente, en su fondo lineal, en su devaneo de matices y sombras, en su repetitiva variabilidad es refinada y sutil. Su colorada coloración (¿tienen estos dos vocablos un mismo origen etimológico? Está claro que sí, se tocan en algún punto de su evolución significante. Es curioso), a mí que soy morbosa, cuando me toca la vena de lo sanguino, me lanza al meollo de lo cárnico, al limo de lo orgánico, y allí hurgo en los sentidos y en las sensaciones de la piel enervada. Hubo alguien de la familia, que con sus interrupciones consiguió echarme de la estancia, el cuarto me soltó, también aburrido de las intromisiones, y fue más tarde cuando me percaté de que de alguna manera, ese dormitorio, con su mobiliario propio del Romanticismo, me había echado el lazo, quizás algún lazo de los que tiene pintados rematando el cortinón. Su geometría rectilínea sólo lo es en apariencia, hay tantas curvas como rectas, la percepción primera nos engaña y no apreciamos esa sinuosidad disimulada, pero es en esa distorsión donde se fragua y traza el punto de fuga, una fuga hacia dentro, una huidiza realidad que se esfuma entre los pliegues pintados de los cortinajes.

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