LA VOLUBLE PERMANENCIA

 

Cuando era niña, los hermanos Castinande, formaban parte de lo que se nombraba. Era algo misterioso a la vez que familiar, se hablaba de ellos como de las trancas de las puertas…o para ser menos objetual, se hacia mención a ellos como a cualquier otro personaje que hubiera tenido que ver con el entorno en el que transcurría esa parte de mi vida que participa tanto del siglo XIX. Mi abuelo había nacido en el cuarto año del XX. Lo que se pudiera hablar en casa era variado, como en todas las familias, y cada una de ellas tiene su propio álbum de imágenes, sus referentes, sus reliquias etc.

 Por las noches yo soñaba o recordaba (en una continuación de cómo había trascurrido el día) que subía escaleras empenumbradas polvorientas a veces, iluminadas por haces de sol, como líneas agudas, como trazos variables, que entraban por rendijas o por algún ventanuco, y el polvo brillaba flotando como chispillas de oro. Había telarañas como paños, pero su presencia no resultaba engorrosa, ni provocaba desazón, era algo asumible en ese entorno que aunque parezca extraño no tenía nada de tétrico, si acaso de siniestro pero no más que cualquier otro ambiente que participe de lo atractivo. Su condición de siniestro, venía dada por su razón de ser en el límite, en ese espacio donde se flexionan las dos caras de un mismo darse a entender, de manifestarse.

 Mi abuelo me daba la mano y no hablaba mucho, los dos encaminábamos la subida, absortos en nuestros pensamientos, sólo de vez en cuando compartíamos palabras. En estas excursiones lo hablado era poco. Los sentidos estaban, en mi caso, concentrados en sensaciones, y el pensamiento se conjugaba en el silencio y en la luz, era como si el tiempo tuviera más cuerpo, como si estuviera enroscado sobre sí mismo y se fuera desperezando a medida que perturbábamos la luz dorada entrando en su geometría. Su despertar era lento, perezoso.

 A medida que avanzábamos, nuestros pies hacían que los escalones sonaran huecos y rasposos por encima de todo los demás ruidos, más bien lo que ocurría es que allí había silencio, lo demás era silencio. Un permanecer quedo en apariencia.

 De vez en cuando en nuestro calmo recorrido nos parábamos a interesarnos por algún objeto: una bolsa de viaje, unos impertinentes de ópera, unos periódicos del mil ochocientos, un bastón, unos frascos de cristal vacíos... Estos encuentros sucedían en los descansillos de las escaleras, en las estancias eran otros objetos los que se prestaban a ser pensados, estudiados a partir de su letargo. Su morfología primero, luego su razón de ser, a continuación su permanencia, que me atrapaba más que lo que pudiera suponer la posibilidad de fantasear sobre su uso o sobre sus propietarios. Lo que me pillaba era su condición de perdurabilidad, me contagiaban su lento estar, era un tiempo extraño, muy diferente al que transcurría en el colegio, en cine, en la calle. Un suceder cargado de silencio, un silencio plagado de ideas que parecían latir quedamente bajo la superficie que las cubría: una membrana de la misma materia de lo que estaba compuesto todo, una piel de sí. Más que una patina, era otra cosa, formada no sólo por el polvo y el desuso. Su materialidad gozaba de la calidad de lo vivo, se apreciaba en su tacto, en el ritmo que imponía: un palpitar letárgico y remoto, hundido en su constitución, se hacía evidente ya en esa piel a la que me refería antes: una membrana cruzada de ramificaciones, como el envés de una hoja. Pero estas nervaduras casi invisibles, se hacían transitables, se unían (soldaban) a mis propios nervios.

 En los grandes cuartos en penumbra, guardaban su espacio muebles enormes, que imponían su volumen sobre mi pequeña estatura, pero no me impresionaban en el sentido de la extrañeza, no recuerdo que me parecieran raros. Si acaso imponentes, a primera vista serios, luego revelaban su chanza como revelarían otras muchas cosas.

 

Una de esas casas, que visitábamos, tenía tres pisos de manera que el recorrido puedo referenciarlo ahora, con el conocimiento actual de un símil de la tecnología y de su manera de manifestar: la imagen, la narración, el pensamiento…como un pasar fase de una videoconsola. La escalera en sí guardaba ingredientes energéticos, matéricos, trampas del conocimiento, huecos lugares, objetos de la sugerencia, etc.

 Las habitaciones nos recibían con sombras y luces entrecruzadas, de mayor proporción porque sus volúmenes proyectaban toda su querencia existencial.

 Con gesto mesurado mi abuelo, descorría sólo un poco las cortinas, lo justo para que todo se proyectara sin disonancias. Y comenzaba el recorrido por los asuntos que allí se nos proponían, y con buena disposición, también cada uno de nosotros desplegábamos nuestra capacidad de relacionarnos con todo aquello, y él, mi abuelo, hurgaba en su búsqueda particular, entablaba un dialogo callado, y yo oía respirar el ambiente e introducía mis sentidos en aquel guante suave del aire, y mi pensamiento se enganchaba de una sensación de vida, más fuerte que cuando paseaba por el campo, superaba paradójicamente, puede parecer, a la sensación de vida que trasmite la naturaleza.

 

Cada mueble iba a ser repasado por mi curiosidad, guiada por la intuición y un preconocimiento grabados en mis cromosomas en una espiral helicoidal, en forma de escalera, que en esos momentos desplegaba sus alas como una mariposa. Los latiguillos que flaquean mis moléculas vibraban, agitando a velocidad de libélula la atmósfera que lo contiene todo.

 El ramaje de la membrana había entroncado conmigo ya en las escaleras o para ser más exacta, en el portal. En las habitaciones eran ya conductos consolidados, un transvase de humores de calidades varias y no solo en un sentido líquido del término. Su fluidez (palabra tan de moda ahora) era consecuencia de su condición sustancial híbrida y por lo mismo perfectamente conjugable con mi sustancia (retorciendo la contradicción que subyace en el concepto reproductivo de lo híbrido, ya que en su girar se evidencia su posibilidad de conjunción con aquello que goza de una naturaleza también mestiza… ¿La materia unigénita? ¿O es que lo unigénito es un compendio de lo existente? Y es esa la variable que prima para plantear y resolver las ecuaciones que dibujamos sobre silicio, en el encerado de la cosmogonía, en el plano "cromo-sintético" de nuestro genoma etc.)

 

De forma que también mi dialogo, se entablaba en unas condiciones ajenas a las de mi abuelo pero creo que sí participábamos ambos de un camino que era trazado en el letargo de un tiempo calmo, espeso, distinto. En la realidad expuesta por otra vertiente, en la visión sesgada de aquella geometría cambiante de rayos de luz y sombra.

 

Lo que expresaran los objetos como agentes contemplativos de un devenir, que se le sentía lento, era algo así como una amalgama, densa en cierta forma táctil aunque no dura. Los armarios enseñoreaban la mayoría de las estancias con su volumen desmedido con fondo para los gabanes y lugar para los sombreros. La llave puesta

 

Las mesas apoyaban lámparas de cristal y latón, pisapapeles de piedra dura, folletos de maquinaria antigua, escapularios, porcelanas, alguna medalla militar otras de ordenes religiosas, papeles manuscritos, lupas, maquina de escribir, postales, prensa remota, notas manuscritas, pinzas para papeles…

Yo reparaba en los libros que tenían ilustraciones y en folletos de viajes y de líneas ferroviarias.

 

Todo se mostraba abundante en su significación, pero no se definía excluyendo posibilidades. Su carga de existencia rebasaba límites, no podía ser contenida por una línea definida que sujetara su ser (los márgenes aunque bien trazados en su construcción objetual) perdían rigidez en el plano de las sensaciones. Su representación pasaba a ser símbolo.

 Los limites habitados por el mismo aire, siempre respirado, contenía partículas de vida ¡de tanta existencia! de abigarradas combinaciones. En el espacio que podía erigirse en la arista de un mueble, por ejemplo, convergían tantas líneas que su interpretación de tejido vital, como un tapiz, era algo palpable, y su visibilidad era una proyección en el frontal trasero de mi cráneo, ahí se fraguaba el collage de elementos allí presentes, tamizados por mi comprensión, por la red de neuronas que habían de traspasar.

 Ahora de mayor al recordar, lo entiendo como una realidad marcada de contingencias, y lo interpreto como un juego de la vida en él cual el pasado guarda su espacio, no ha habido modo de superarlo, de dejarlo atrás, es decir: cubrirlo del todo. Permaneció tangible, con veladuras, pero no tapado. No clausurado. La matemática que se establece entre espacio y tiempo es una pasión que se genera por si misma.

 

Me lo explicó también por esa manera de hacer llegar el pensamiento, sin demasiados prejuicios dejando que se asome lo que en otras circunstancias permanece pegado al dobladillo de alguna neurona, del subconsciente preocupados por la "lógica" de lo que en nuestra conciencia nos pique, a veces confundidos, por el miedo a trasgredir los mandamientos universales. Pero pudiera ser que el miedo solo sea reflejo una artimaña de la negación construida por el Poder (humano) no maquiavélicamente, sino unicamente como estrategia tosca con el fin mantener lo que poseen. Y si logramos que supere el pensamiento esas trabas del miedo obtendremos otras imágenes explicativas de lo real.

 Hay lugares, así, que toman de la vida y se hacen de ella. Sitios que no se conformaron con ser mera escenografía eventual, hay espacios gestadores orgánicos de si mismos y mantenidos como reductos, su condición les viene de su naturaleza porosa y también de la voluntad de aquellos que respetan las sombras por que juegan con la luz.

 Yo me había propuesto, relativamente, hablar de los hermanos Castinande, pero nada rige muy "rígidamente" mi pensamiento a menos que sea necesario en lo práctico. El salir adelante en el recorrido humano requiere pensamientos y acciones a contrapelo.

 

E iba a contar que en una de aquellas casas que visitaba y también soñaba, las pinturas de estos decoradores me parecían ilustraciones de un cuento, cromos, el envoltorio de una caja de bombones…y pronto los colores que usaban los Castinande se fijaron en mi memoria visual y pude elaborar su carta cromática. Y a lo largo de los años fui desarrollando diferentes maneras de ver, a medida que se iba cristalizando el tejido que me rodeaba, posibilitando un poliedro compuesto de módulos, que me procuró una visión facetada a la vez que integradora, a veces, en un solo punto. Desentrañar las grecas que rodean las cornisas formando un entramado de líneas encadenadas, un xonecuilli, deshacer los nudos que adornan el cordón que remeda sujetar cortinajes eternamente abiertos en su condición de pinturas estables (¿estables?), encontrar el cabo donde se inicia este recorrido envolvente y desorientativo, seguir con la mirada, a veces con la punta de los dedos, las vetas que imitan en los zócalos un seudo-mármol. Hacerme preguntas sobre el gusto caprichoso de aquel que mando construir y decorar la casa ¿Qué le llevo a idear la capilla como un teatrillo?¿Qué razón hubo para que la entrada la presida el caduceo? etc.

 En este momento concreto de mi vida, tengo ciertas respuestas que me resultan válidas aunque incompletas, por otro lado sé que hay siempre una trampa en todo esto. Estoy convencida de que tanto el pintor como el fundador de la casa diseñaron un juego de artificio, que lo era ya en la época en que fue fundado el pazo, y que con el paso de los años se cuajo de diferentes maneras y siguió articulándose y desarticulándose en sus extrañas esquinas, de manera que su permanencia no lo es en una solidez constructiva; su diseño se adecua al capricho artificioso de una organicidad que es difícil de explicar, que se presta a una especulación donde hasta cabria lo daimónico como elemento constitutivo, y la Razón se contamina.

 Y no me asusta esa desnaturalización del pensamiento lógico, al contrario, me atrae por sus posibilidades de indagar en los intersticios que quedan entre las coordenadas cartesianas.

 Es en esos huecos donde reside la variable que hace que la casa se manifieste como un algo voluble.

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